– ¿Me parezco a papá? -preguntó Keely-. ¿Me parezco a Seamus McClain?

– ¿Qué?

Por un momento, vio el latigazo de dolor que asomó a los ojos de su madre. Luego desapareció tan rápido como había llegado. Hacía días que la notaba triste y callada, distante. Se pasaba las horas muertas mirando por la ventana, con la vista en la acera de entrada al edificio, como si estuviese esperando a alguien. Y apenas le preguntaba qué tal le había ido en el colegio cuando Keely regresaba de las clases. En días así, Keely tenía la certeza de que su madre estaba recordando a su difunto marido.

– ¿Has rezado? -le preguntó Fiona.

– Tres avemarías y un padrenuestro -mintió Keely. Ya cumpliría su penitencia más adelante-. Háblame de él, mamá.

– ¿Tres avemarías? -Fiona enarcó una ceja-. ¿Has hecho algo malo en el colegio?

– No, los he rezado de más. Para ahorrar tiempo cuando no me porte bien.

– Bueno, a la cama -dijo la madre al tiempo que daba una palmada. Keely corrió al cuarto y se tapó con la colcha. Fiona se sentó en el borde del colchón, le dio un beso en la frente. Por primera vez en casi dos días, sonrió-. Mañana tengo que madrugar. Tengo que preparar la tarta para la boda de Barczak. De tres pisos, con una fuente en medio. Si eres buena, te dejaré que me acompañes el sábado cuando entreguemos la tarta.

Había sido uno de sus pasatiempos favoritos cuando era más pequeña, pero ya solo era un deber, una tarea que le robaba tiempo de estar con sus amigos los sábados por la tarde. Aun así, no protestó. Notaba tan decaída a su madre que estaba dispuesta a hacer lo que fuera para animarla.

– ¿Podremos ver a la novia? -preguntó Keely, como cuando era una niña.

– Sí. La novia quiere que cortemos la tarta y la ayudemos a servir -Fiona subió la sábana hasta la barbilla de su hija-. Ahora duérmete. Que sueñes con los angelitos.

– ¿Y papá? -insistió Keely-. Siempre decías que me hablarías de él cuando fuese mayor y ya soy mayor. Casi tengo trece años y trece años es suficiente para preguntar por mi padre.



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