Fiona McClain bajó la cabeza, se miró las manos y retorció el trapo de cocina.

– Ya te lo he dicho: murió en un accidente en el mar y…

– No -interrumpió Keely-. Háblame de él. ¿Cómo era?, ¿era guapo?, ¿divertido?

– Era muy guapo -Fiona no pudo evitar sonreír-. Era el chico más guapo de Cork. Todas las chicas de Ballykirk estaban locas por él. Pero procedía de una familia humilde y la mía tenía algo de dinero. Mi padre no quería que me casara con él. Lo llamaban paleto, pueblerino, aunque nosotros también vivíamos en el campo. Pensaban que era de una clase más baja.

– Pero os casasteis -contestó Keely-, porque lo querías.

– No tenía un centavo, pero sí muchos sueños. Al final conseguí convencer a mi padre de que no podía vivir sin él y nos dio su bendición.

– ¿Qué más? -preguntó Keely.

– ¿Qué más?

– ¿Qué cosas le gustaban?, ¿qué se le daba bien?

– Le gustaba contar cuentos, historias. Contaba unas historias increíbles. Tenía un pico de oro, sí. Así me conquistó, con su pico de oro.

¡Vaya!, ¡aquello sí que era nuevo! Keely sintió una especie de conexión con ese padre al que jamás había visto. A ella también le gustaba contar historias y todas sus amigas le decían que se le daba muy bien.

– ¿Recuerdas alguna de esas historias?, ¿puedes contármela?

– Keely, no puedo…

– ¡Sí que puedes! Seguro que te acuerdas -insistió Keely-. Cuéntame una.

– No puedo -Fiona sacudió la cabeza, sintió que los ojos se le arrasaban de lágrimas-. Era tu padre el que sabía contar historias. Yo no. Yo solo sabía creérmelas.

Keely se incorporó y estiró los brazos para dar un abrazo fuerte a su madre.

– Está bien. Me basta saber que contaba buenas historias para imaginármelo mejor.



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