– Sí, señor -dijo Harry.

Sir Lionel vertió algo en un vaso (Harry estaba demasiado lejos para determinar qué exactamente), luego se volvió a Sebastian con una sonrisa bobalicona.

– ¿Cuántos años tienes ya, Sebastian? -inquirió.

– Diecinueve, señor.

Los mismos que Harry. Únicamente se llevaban un mes. Siempre había tenido la misma edad que Harry.

– ¿Le has dado un té, Katy? -le dijo sir Lionel a su esposa-. ¿En qué estabas pensando? Ya es un hombre.

– No pasa nada por tomar té, padre -dijo Harry con sequedad.

Sir Lionel se volvió hacia él parpadeando por la sorpresa, casi como si hubiera olvidado que su hijo estaba allí.

– Harry, hijo. Me alegro de verte.

Harry apretó los labios, luego los frunció.

– Yo también me alegro de verlo, padre.

Sir Lionel tomó un buen trago de su copa.

– Entonces, ¿ha finalizado el trimestre?

Harry asintió mientras decía su acostumbrado «sí, señor».

Sir Lionel frunció las cejas; luego bebió de nuevo.

– Pero ya has terminado el colegio, ¿verdad? He recibido una nota de Pembroke College sobre tu matriculación. -Volvió a fruncir las cejas, luego parpadeó unas cuantas veces, después se encogió de hombros-. No me había enterado de que habías solicitado el ingreso. -Y luego, como si se le acabara de ocurrir, añadió-: Bien hecho.

– No voy a ir.

Las palabras salieron de la boca de Harry atropellada e inesperadamente. ¿Qué estaba diciendo? ¡Naturalmente que iría a Pembroke College! Era lo que quería. Lo que siempre había querido. Le gustaba estudiar. Le gustaban los libros. Le gustaban los números. Le gustaba sentarse en una biblioteca, incluso cuando brillaba el sol y Sebastian lo sacaba a rastras a jugar al rugby. (Sebastian siempre ganaba esta batalla; en el sur de Inglaterra los días soleados eran contados y cuando se podía había que salir fuera. Por no decir que Sebastian era terriblemente persuasivo en todo.)



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