Con franqueza, a Harry le sorprendía que Anne no hubiera recibido una zurra.

Pero Anne era reacia al ruso con la misma intensidad que Granmère se reservaba para el inglés. Era demasiado complicado, y el francés era casi igual de difícil. Anne tenía cinco años cuando Granmère llegó, y su inglés ya estaba demasiado asentado como para alcanzar el mismo nivel en cualquier otro idioma.

Harry, por otra parte, estaba encantado de hablar en cualquier lengua que le hablaran. El inglés era para el día a día, el francés era la elegancia, y el ruso se convirtió en el idioma del drama y la emoción. Rusia era maravillosa. Era fría. Y, por encima de todo, grande.

Pedro el Grande, Catalina la Grande… Harry había crecido con sus historias.

– ¡Bah! -se había mofado Olga en más de una ocasión, cuando el profesor particular de Harry había tratado de enseñarle historia inglesa-. ¿Quién es este Etelredo el Indeciso? ¿El Indeciso? ¿Qué clase de país permite que sus gobernantes sean indecisos?

– La reina Isabel fue estupenda -señaló Harry.

– ¿Acaso la llaman Isabel la Grande? -repuso Olga nada convencida-. ¿O la Gran Reina? No, la llaman La Reina Virgen, como si eso fuese algo de lo que enorgullecerse.

Era en este momento cuando las orejas del profesor se ponían muy rojas, lo que a Harry le parecía de lo más curioso.

– Esa reina -continuó Olga, con la mayor frialdad posible- no fue una gran reina. Ni siquiera le dio a su país un heredero al trono como Dios manda.

– La mayoría de los historiadores coinciden en que la reina hizo bien en no casarse -dijo el profesor-. Necesitaba dar la imagen de que no recibía influencias, y…

Su voz se apagó. A Harry no le sorprendió. Granmère se había vuelto hacia él con una de sus penetrantes y escrutadoras miradas. Harry no conocía a nadie que pudiera seguir hablando ante una de esas miradas.



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