
Reed no habría pagado en ningún caso. Pero se lo habría tomado más seriamente si la amenaza hubiera sido más específica.
– La transmisión fraudulenta de información confidencial en el comercio es un secreto sucio.
– También es una invención ridícula.
Cuando al principio Reed había leído la carta del chantaje, no le había dado importancia. Había muchos locos sueltos. Luego se había preguntado si alguno de sus proveedores en el extranjero podría estar involucrado en una práctica que no fuera ética. Pero los había controlado a todos. Y no había encontrado nada que pudiera justificar el «sucio secreto» de la riqueza de los Wellington.
Él no tenía ningún secreto sucio. Era absurdo sugerir que él estaba involucrado en el tráfico de información confidencial. E imposible de demostrar, puesto que él no lo había hecho. Ni siquiera era lógico. La mayoría de la riqueza suya, de su padre y de sus antecesores, se derivaba del buen hacer de sus empresas. Reed no hacía casi negocios en el mercado de valores. Y lo poco que hacía era como diversión, a ver qué tal se le daba.
¿Dónde estaba el desafío en el engaño? Él no necesitaba el dinero. Y el engaño no sería nada divertido. Entonces, ¿cómo iba a involucrarse en el tráfico de información confidencial?
– Tienen algo -dijo Collin cuando se paró el ascensor en el segundo piso-. El Organismo regulador no hace una investigación sobre especulaciones.
– Entonces, ¿a quién llamamos? -preguntó Reed.
Además de ser vicepresidente, Collin era un buen abogado.
Collin metió la llave y abrió la puerta de su apartamento.
– Al Organismo regulador del mercado de valores, para empezar.
Reed miró su reloj. Las nueve y cuarto.
– ¿Conoces a alguien a quien podamos recurrir?
– Sí -Collin tiró el maletín encima de la mesa del apartamento, propiedad de Wellington International-. Conozco a un hombre -agarró un teléfono inalámbrico-. ¿Te apetece servirte un whisky?
