
– Gracias -asintió Reed.
Esperaron en silencio.
La puerta finalmente se abrió. Pero no fue Gage el que estaba frente a ellos, sino una alta y atractiva morena que parecía a la defensiva y que tenía aspecto de culpabilidad.
– ¿Está disponible Gage? -preguntó Reed, con la esperanza de no estar interrumpiendo algo. Aunque la mujer estaba totalmente vestida.
– El señor Lattimer no está en casa en este momento.
¿Era ése un acento británico?
– ¿Y usted es…? -preguntó Collin.
– Jane Elliot. La nueva ama de llaves del señor Lattimer.
Reed vio el desorden del piso por encima de su hombro.
La mujer cerró un poco la puerta, impidiendo que Reed mirase.
– ¿Me dice por favor quién lo busca?
– Reed Wellington.
Collin le dio una tarjeta de negocios a la mujer y le dijo:
– ¿Puede decirle que me llame cuanto antes?
– Por supuesto -contestó la mujer asintiendo.
Luego entró nuevamente en el piso y cerró la puerta.
– Espero que Gage no le esté pagando mucho, porque necesitará dinero -murmuró Reed cuando se dieron la vuelta para llamar al ascensor.
– Yo le pagaría lo que me pidiese -dijo Collin.
Reed no pudo evitar sonreír mientras apretaba el botón para llamar al ascensor. Luego volvió a pensar en el problema que los preocupaba.
– Entonces, ¿qué diablos crees que pasa con esto? -preguntó cuando se abrieron las puertas.
– Creo que tal vez deberías haber pagado el chantaje.
Reed dio un paso hacia atrás.
Como era un hombre rico, a menudo era el blanco de amenazas y pedidos financieros. Pero un chantaje particularmente extraño había llegado hacía dos semanas.
– ¿Diez millones de dólares? -le preguntó a Collin-. ¿Estás loco?
– Las dos cosas podrían estar relacionadas.
– La carta del chantaje ponía «El mundo conocerá el sucio secreto del modo en que los Wellington hacen su dinero». No decía nada sobre una investigación del Organismo regulador.
