Hanna la miró.

– ¿Y? ¿Cómo fue la cosa anoche?

Elizabeth bajó la cabeza para mirar un objeto que se subastaba. Era una gargantilla de rubíes y diamantes. Y lo máximo que habían ofrecido hasta entonces eran diez mil dólares. Ella agregó mil dólares.

– Es bonita. Si la consigues, ¿me la vas a dejar alguna vez? -dijo Hanna señalando las joyas con la cabeza.

– Claro…

Hanna agarró a Elizabeth del brazo y la apartó de la gente.

– Entonces, ¿lo hiciste o no?

Elizabeth asintió.

– ¿Qué sucedió?

– Se me fastidió.

– No entiendo. ¿Estaba dormido o algo así?

– Me puse una bata roja muy atrevida -Elizabeth omitió la parte de la moneda, porque no quería que Hanna supiera que no se fiaba de su opinión-. Luego lo sorprendí en su despacho.

– ¿Y? -preguntó Hanna.

– Y Collin estaba allí también.

Hanna se puso la mano en la boca para ocultar su sonrisa.

– ¡No te rías! -le advirtió Elizabeth-. Me quedé mortificada.

– ¿Estabas… indecente?

Elizabeth intentó recuperar la dignidad diciendo:

– No había desnudez evidente.

– ¿Te vio el trasero? -preguntó Hanna.

– No vio mi trasero. Era una bata. Era sexy, ¡pero cubría todo lo que hay que cubrir!

– Entonces, ¿cuál es el problema?

– Que intenté seducir a mi marido, y él se marchó a una reunión con Collin -Elizabeth buscó a Reed con la mirada y lo encontró conversando con Collin.

– Oh… -dijo Hanna comprendiendo.

– Sí. Oh. Al parecer, no soy irresistible como esperaba.

Hanna preguntó:

– ¿Qué dijo exactamente Reed?

Elizabeth respondió con tono brusco, aunque sabía que nada de aquello era culpa de Hanna.

– ¿Tengo que contarte todos los detalles?

– Por supuesto. Si no, ¿cómo vamos a aprender de ello?



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