Afortunadamente, a Elizabeth también le interesaba la política mundial. Era una de las razones por las que Hanna y ella se habían hecho tan amigas.

Hanna comentó:

– No sé de qué modo podría inclinarse por el voto constitucional el gobierno…

– Bueno, ciertamente no esperaba verte aquí -dijo Vivian Vannick-Smythe interrumpiendo las palabras de Hanna.

Elizabeth levantó la vista y vio los ojos de Vivian clavados en ella. Su tono hostil la tomó por sorpresa.

– Hola, Vivian.

– Como mínimo, deberías hacer algo para que parasen las especulaciones -dijo la mujer.

– ¿Qué especulaciones?

¿Sabía alguien que estaba intentando quedarse embarazada?

¿O era que Collin había divulgado su intento fallido de seducción?

– La investigación del Organismo regulador del mercado de valores, por supuesto -dijo Vivian con un brillo de triunfo en la mirada y una sonrisa cruel-. No sé en qué anda metido ese esposo tuyo. Y, por supuesto, no es asunto mío, pero cuando el Organismo regulador empieza a investigar…

– Vivian Vandoosen, ¿no? -Hanna se abrió camino entre ambas mujeres y extendió la mano, dando la oportunidad a Elizabeth de pensar en una respuesta.

Vivian miró a Hanna.

– Vannick-Smythe -la corrigió con voz imperiosa.

– Por supuesto -dijo Hanna-. Debe de haber sido un lapsus. Ya sabes cómo son estas cosas. Conozco a tanta gente importante en mi trabajo, que a veces los otros se me pierden un poco en esa mezcla.

En cualquier otra oportunidad Elizabeth se habría reído por aquella expresión insultante hacia Vivian. Pero aquella vez se había quedado preocupada por lo que había dicho su vecina.

– Me temo que tendrás que disculparnos -dijo Hanna, agarrando a Elizabeth del brazo para alejarla de Vivían.

– ¿De qué está hablando? -preguntó Elizabeth en voz baja cuando pasaron por la fuente en dirección a la puerta del patio.

– Pensé que sabrías… -dijo Hanna-. La noticia no saldrá hasta mañana.



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