– Pero no lo eres.

– Esta noche, no.

Ella desvió la mirada.

– ¿Elizabeth?

Ella lo volvió a mirar.

– Pensé… No estamos…

El imaginaba qué quería decir. Era tentador, muy tentador. En aquel momento no había nada que él deseara más que hacerle el amor apasionadamente en su enorme cama y fingir que no existía ninguno de sus problemas.

Deseaba postergar la charla sobre la investigación del Organismo regulador del mercado de valores. Pero no quería arriesgarse. Si hacían el amor en aquel momento, Elizabeth no se quedaría embarazada aquel mes, y sus lágrimas romperían el corazón de él.

– ¿Puedes esperar a la semana que viene? -preguntó Reed.

La pena y la decepción nublaron los ojos de Elizabeth. Ella abrió la boca para hablar, pero luego apretó los dientes y cerró los ojos unos segundos.

Cuando los abrió su expresión se suavizó y pareció recuperar el control.

– ¿Ocurre algo? ¿Por qué está Collin…?

– No ocurre nada -le aseguró Reed.

Nada excepto una investigación fraudulenta, que Collin invalidaría tan pronto como le fuera posible.

Reed no había hecho ningún negocio ilegal ni falto de ética, pero podía caerle la máxima sentencia por el actual clima que se respiraba en relación con los delitos de cuello blanco.

Por eso se tenían que ocupar de ello cuanto antes.

Tenía que encontrar una solución antes de que la prensa o cualquier otra persona metiera la nariz. Incluida Elizabeth. Sobre todo Elizabeth.

Su especialista decía que a menudo la infertilidad estaba relacionada con el estrés, y ella ya estaba suficientemente estresada por querer quedarse embarazada, por no mencionar la organización de la fiesta de su quinto aniversario de casados, como para agregarle más preocupaciones.

Lo que menos falta le hacía era preocuparse por un posible caso en los juzgados.

– Tengo que ir al apartamento de Collin un rato -le dijo Reed a Elizabeth.



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