– ¿Un rato? -ella pareció sorprendida.

– Sí, pero es una cuestión rutinaria -contestó Reed.

Esperaba no tardar mucho.

– Claro -dijo ella asintiendo.

– ¿Por qué no te ocupas del menú del catering mientras estoy fuera?

Habían invitado a trescientos invitados a la fiesta. Había muchos detalles que necesitaban la atención de Elizabeth.

– Claro… -contestó ella-. Me ocuparé de los postres…

El comentario sarcástico no era típico de Elizabeth, y Reed sabía que debía preguntarle qué pasaba.

Pero no quería meterse en ello, porque podría llevarlo a abrazarla, a besarla y a echar sus buenas intenciones por la borda. La tentación era demasiado fuerte.

– Te veré dentro de una hora -le dijo él sensualmente.

Le dio un casto beso en la frente.

Le acarició el pelo y se estremeció todo entero. Ella le agarró la muñeca un momento. Y aquello fue suficiente para que Reed dudara de su decisión de marcharse.

Pero tenía que irse. Le había prometido que haría todo lo posible por darle un hijo.

Y lo haría.

Sin mirarla, caminó hacia la puerta. Salió al pasillo y fue a su despacho. Collin estaba al lado del escritorio, con expresión incierta.

– Vamos -dijo Reed poniéndose la chaqueta de su traje y yendo hacia la entrada del ático.

Collin no hizo ninguna pregunta. La discreción era lo que más le gustaba a Reed de Collin.

– Tengo la carta del Organismo regulador del mercado de valores -le confirmó Collin cuando la puerta se cerró detrás de ellos.

Se dirigieron al ático de Gage Lattimer. El amigo y vecino de Collin y Reed, Gage, había sido nombrado también en la carta del Organismo regulador como parte de la investigación.

– ¿Tienes el sobre también? -preguntó Reed.

No quería que Elizabeth pudiera encontrarse con ningún resto de la prueba.

– Todo -dijo Collin deteniéndose frente a la gran puerta de roble del apartamento de Gage-. Y he cerrado tu buscador de páginas web.



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