Eché un vistazo alrededor y di un paso dentro. Ella tomó una libreta de papel de la mesa y la sostuvo, haciendo gestos hacia la puerta que se cerraba.

– No será necesario -dije.

– El teléfono está aquí mismo -Ella levantó al receptor de modo que yo pudiera oír el tono de marcado-. ¿Quisieras que te lo acerque? Estoy bastante segura de que en Pittsburg funciona el servicio novecientos once.

Perfecto. Ahora se estaba burlando de mí. Pequeña y estúpida imbécil. Probablemente una de esas cabezas llenas de aire que aparcaban en subterráneos desiertos por la noche y se jactaban de su coraje. La impulsividad de la juventud, pensé, con la madurez de alguien casi dos años pasados en su treintena.

Cuando no contesté, Paige dijo algo sobre hacer té y desapareció en la habitación contigua a la suite. Yo estaba en la sala de estar, que tenía una pequeña mesa, dos sillas, un sofá, un sillón reclinable y una televisión. Una puerta parcialmente abierta conducía al dormitorio. A través de ella, pude ver maletas rayadas apoyadas contra la pared lateral y varios vestidos colgados en un estante. Frente a la puerta principal había tres pares de zapatos, todos femeninos. Ninguna señal de un ocupante masculino. Hasta ahora las Winterbournes parecían ser honestas. No era que yo realmente esperase que algún tipo con una semiautomática saltara desde detrás de la puerta. Yo era suspicaz por naturaleza. Ser un werewolf te hace eso.

Cuando me senté a la mesa, vi los platos del salón de té. Emparedados, galletas, y pastas. Podría haber devorado tres platos como esos de un bocado. Otra cosa de werewolf. Como la mayoría de los animales, pasamos una gran parte de nuestras vidas atrapados en las tres fuerzas de la supervivencia básica: comer, luchar, y… reproducirse. La parte de alimento era una necesidad. Quemamos calorías como leña en un incendio, sin un abastecimiento constante, nuestra energía quedaba en nada. Tenía que tener cuidado cuando comía delante de humanos. No era justo. Los tipos pueden tragarse tres Big Macs y nadie pestañearía. Yo obtenía miradas extrañas si terminaba dos.



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