
– Entonces, respecto a esa información que vendes -dije cuando Paige volvió-. ¿Es tan buena como la del caso de Phoenix, ¿verdad?
– Mejor -dijo ella, poniendo la bandeja del té sobre la mesa-. Es la prueba de que los werewolves existen.
– ¿Tú crees en werewolves?
– ¿Tú no?
– Creo en todo lo que permita vender revistas.
– ¿Entonces no crees en werewolves? -Sus labios se torcieron en una desagradable media sonrisa.
– No quiero ofender, pero ese no es mi tema. Escribo historias. Las vendo a revistas. La gente como tú las compra. El noventa por ciento de los lectores no lo cree. Es una fantasía inocua.
– Mejor mantenerlo en ese ámbito, ¿verdad? Fantasía inocua. Si uno comienza a creer en werewolves, entonces tienes que admitir la posibilidad de otras cosas, como brujas y hechiceros y chamanes. Por no mencionar a vampiros y fantasmas. Entonces habría demonios, y ese es un nido de gusanos que no quieres abrir.
Más perfecto aún. Ahora definitivamente se estaba burlando de mí. ¿Acaso alguien pegó un gran cartel en mi espalda que dice “Búrlense de mí”? Tal vez estaba tomando todo esto de manera más personal de lo necesario. Mírenlo desde su punto de vista. Como una creyente, ella probablemente consideraba a los incrédulos de la misma forma en que éstos la consideraban a ella, como una patética ignorante. Y aquí estaba yo, lista para comprar información para perpetrar un mito en el que no creía, vendiendo mi integridad por el alquiler del próximo mes. Una puta periodística. ¿No merecía unas pocas burlas por esto?
– ¿Dónde está la información? -pregunté, tan cortésmente como pude.
Ella extendió la mano hacia la mesa del costado, donde había una carpeta. Durante un momento, ella la hojeó, con los labios apretados. Entonces tomó una hoja y la puso entre nosotros. Era una fotografía de la cabeza y los hombros de un hombre de mediana edad, asiático, una nariz chata y una boca hosca suavizada por unos ojos parecidos a los de un gamo.
