
– No me ayudarás, ¿verdad? – dijo, diciendo las palabras en su mente.
Durante un largo momento, Qiona no contestó. Él podía sentirla, el espíritu que lo guiaba, en la esquina trasera de su mente, el lugar más apartado en que alguna vez había estado desde que ella se había dado a conocer por primera vez cuando él era un niño demasiado joven para como para hablar.
– ¿Quieres que lo haga? – preguntó ella finalmente.
– Tú no quieres. Incluso si yo lo deseo. Ésto es lo que tú quieres. Para que me una a ti. No detendrás esto.
El sabueso comenzó a cantar, alegría supurando de su voz en la melodía a medida que se acercaba a su objetivo. Alguien gritó.
Qiona suspiró, el sonido revoloteó como una brisa por su mente-. ¿Qué quieres que haga?
– ¿Qué camino va hacia afuera? – preguntó él.
Más silencio. Más gritos.
– Ese camino – dijo ella.
Él sabía qué camino quería decir ella, aunque no pudiera verla. Un ayami tenía presencia y sustancia, pero no forma, una idea imposible de explicar a alguien que no era un chamán y tan fácil para un chamán como entender el concepto agua o cielo.
