Sabía cómo saludar a los vecinos en su edificio de apartamentos, los ojos bajos, un breve asentimiento, ninguna palabra, y si alguien preguntaba acerca de los inquilinos del 412, nadie sabría realmente quién vivía allí. ¿Era una pareja mayor? ¿Una familia joven? ¿Una muchacha ciega? Nunca grosero o lo bastante amistoso como para llamar la atención, desapareciendo en un mar de gente demasiado absorta en sus propias vidas como para notar la suya. Allí él era un maestro de la invisibilidad. ¿Pero aquí, en el bosque? No había puesto el pie en uno desde que tenía diez años, cuando sus padres finalmente perdieron las esperanzas de alguna vez hacer de él un amante de la naturaleza y lo dejaron quedarse con su abuela mientras sus hermanos iban de excursión y acampaban. Estaba perdido aquí. Completamente perdido. El sabueso lo encontraría y los cazadores lo matarían.

– No me ayudarás, ¿verdad? – dijo, diciendo las palabras en su mente.

Durante un largo momento, Qiona no contestó. Él podía sentirla, el espíritu que lo guiaba, en la esquina trasera de su mente, el lugar más apartado en que alguna vez había estado desde que ella se había dado a conocer por primera vez cuando él era un niño demasiado joven para como para hablar.

– ¿Quieres que lo haga? – preguntó ella finalmente.

– Tú no quieres. Incluso si yo lo deseo. Ésto es lo que tú quieres. Para que me una a ti. No detendrás esto.

El sabueso comenzó a cantar, alegría supurando de su voz en la melodía a medida que se acercaba a su objetivo. Alguien gritó.

Qiona suspiró, el sonido revoloteó como una brisa por su mente-. ¿Qué quieres que haga?

– ¿Qué camino va hacia afuera? – preguntó él.

Más silencio. Más gritos.

– Ese camino – dijo ella.

Él sabía qué camino quería decir ella, aunque no pudiera verla. Un ayami tenía presencia y sustancia, pero no forma, una idea imposible de explicar a alguien que no era un chamán y tan fácil para un chamán como entender el concepto agua o cielo.



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