Girando a la izquierda, se echó a correr. Las ramas azotaban su rostro, su pecho desnudo y sus brazos, dejando verdugones como las marcas de un látigo. E igualmente autoinfligidos, pensó. Parte de él quería detenerse. Rendirse. Aceptar. Pero no podía. No estaba listo para rendir su vida aún. Los simples placeres humanos todavía tenían demasiado encanto: panqueques ingleses con mantequilla y mermelada de fresa en el Café Talbot, en el balcón del segundo piso, en la mesa más apartada a la izquierda, el sol en sus antebrazos, una andrajosa novela de misterio en una mano, una taza de café en la otro, gente gritando, riendo en la atareada calle de abajo. Cosas tontas, Qiona podía olerlo. Ella estaba celosa, por supuesto, cuando era algo que ella no podía compartir, nada que lo mantuviera ligado a su cuerpo. Él quería unirse a ella, pero no todavía. No justo ahora. De modo que corrió.

– Deja de correr – dijo Qiona.

Él la ignoró.

– Reduce la velocidad – dijo ella-. Simplemente pasea.

Él la ignoró.

Ella se retiró, su cólera un fuego destellante en su cerebro, brillante y ardiente, entonces se redujo, esperando a llamear otra vez. Él había dejado de oír al sabueso, pero sólo porque la sangre le palpitaba con demasiada fuerza. Sus pulmones ardían. Cada aliento lo atravesaba como un chorro de lava, como tragando fuego. Lo ignoró. Era fácil. Ignoraba la mayor parte de las necesidades de su cuerpo, desde el hambre hasta el sexo pasando por el dolor. Su cuerpo era sólo un vehículo, un medio para transmitir cosas como mermelada de fresa, risa, y luz del sol a su alma. Ahora, luego de una vida de ignorar su cuerpo, le pedía que lo salvara y éste no sabía cómo hacerlo. Desde detrás le llegó el ladrido del sabueso. ¿Se oía más alto ahora? ¿Más cerca?

– Sube a un árbol – dijo Qiona.



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