– ¿Lo reconoces?

– No lo creo -dije-. Pero es una cara bastante ordinaria.

– ¿Y éste? No es tan ordinario.

La siguiente foto era de un hombre en primeros años de la treintena. Llevaba su cabello rojo oscuro atado en una larga cola de caballo, una clase de moda que no usaría nadie por sobre los veinticinco años. Como la mayor parte de los tipos que continuaban con su estilo de peinado del pasado, parecía ser compensado por una frente cuya línea de cabello ya había retrocedido más que la Bahía de Fundy

– Ahora, a él lo reconozco -dije.

– ¿Sí?

– Por supuesto. Vamos. Tendría que vivir en el Tíbet para no reconocerlo. Infiernos, hasta los periodistas en el Tíbet leen Time y Newsweek. Él ha sido cubierto por la prensa, qué, ¿cinco veces en el año pasado? Ty Winsloe. Millonario y un extraordinario adicto a los ordenadores.

– ¿Entonces nunca lo has conocido personalmente?

– ¿Yo? Ya me gustaría. No importa cuantas entrevistas otorgue, un Ty Winsloe exclusivo podría ser un salto enorme en la carrera de una reportera sin nombre como yo.

Ella frunció el ceño, como si yo hubiera contestado la pregunta incorrecta. En vez de decir algo, ella hizo aletear ambas fotografías delante de mí y esperó.

– De acuerdo, me rindo -dije-. ¿Qué tiene que ver esto con las prueba de los werewolves? Por favor, por favor, por favor no me digas que estos tipos son werewolves. ¿Ese es tu juego? ¿Pongo una historia decente en la web, atraigo a algún periodista estúpido aquí, y armo una historia enorme sobre millonarios werewolves?

– Ty Winsloe no es un werewolf, Elena. Si él lo fuera, tú lo sabrías.

– ¿Como…? -Sacudí la cabeza-. Tal vez hay alguna confusión aquí. Como te dije en mi e-mail, esta es mi primera historia de wereolves. Si hay expertos en el campo, es un pensamiento atemorizante, pero no soy uno de ellos.



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