
– Tú no estás aquí para escribir una historia, Elena. Eres una periodista, pero no esa clase.
– Ah -dije-. Entonces, dime ¿Por qué estoy yo aquí?
– Para proteger a tu manada.
Parpadeé. Las palabras se atascaron en mi garganta. Mientras el silencio se extendía durante tres pesados segundos, luché para llenarlo-. ¿Mi… mi qué?
– Tu manada. Los demás. Otros werewolves.
– Ah, entonces yo soy un – forcé una sonrisa amable- un werewolf.
Mi corazón latía con un ruido sordo tan fuerte que yo podía oírlo. Esto nunca me había pasado antes. Había generado sospechas, pero sólo preguntas generales sobre mi comportamiento del estilo, “¿Qué hacías en el bosque después del anochecer?”, nunca algo que me acusaba de ser un werewolf. En el mundo normal, la gente normal no iba por ahí acusando a otra gente de ser werewolf. Hubo una persona, una sola persona de había estado muy cerca, que realmente me vio cambiar de forma, se convenció de que había estado alucinando.
– Elena Antonov Michaels -dijo Paige, -Antonov que es el apellido de soltera de tu madre. Nacida el 22 de septiembre de 1968. Ambos padres muertos en un accidente de coche en 1974. Criada en numerosas familias adoptivas en Ontario. Asistió a la Universidad de Toronto. Abandonó en su tercer año. Volvió varios años más tarde para completar una licenciatura en periodismo. ¿Razón del abandono? Una mordida. De un amante. Clayton Danvers. Sin segundo nombre. Nacido el 15 de enero de 1962-
No oí el resto. La sangre palpitaba en mis oídos. El suelo se balanceó bajo mí. Agarré el borde de la mesa para estabilizarme y luché para mantenerme encima de mis pies. Los labios de Paige se movían. No oía lo que decía. No me importaba.
Algo me lanzó de espaldas hacia atrás, sobre la silla. Había una cadena de presión alrededor mis piernas como si alguien las atara. Me sacudí, pero no podía mantenerme de pie. Miré hacia abajo, y no vi nada que me retuviera.
