
Paige estaba de pie. Me afirmaba contra la silla. Mis piernas no se desplazaban. El pánico se filtró en mi pecho. La empujé hacia atrás. Esto era una broma. Una simple broma.
– Lo que sea que estés haciendo -dije-. Yo sugeriría que lo detuvieras. Voy a contar hasta tres.
– No trates de amenazar…
– Uno.
– … me, Elena. Puedo hacer…
– Dos.
– … mucho más que afirmar…
– Tres.
– …te a esa silla.
Estrellé ambos puños hasta el final de la mesa y la envié volando por el aire. Cuando la presión en mis piernas desapareció, salté a través del espacio ahora vacío entre nosotras y cerré de golpe a Paige contra la pared. Ella comenzó a decir algo. La agarré por el cuello, deteniendo las palabras en su garganta.
– Bueno, parece que llegué justo a tiempo -dijo una voz detrás de nosotras.
Miré por sobre mi hombro para ver a una mujer caminar hacia el cuarto. Tenía al menos setenta años, pequeña y rechoncha, con pelo blanco, un vestido de flores, y un collar de perlas a juego, y un par de pendientes, la imagen perfecta de una abuela de TV de la década de 1950.
– Soy Ruth, la tía abuela de Paige -dijo ella, con tanta serenidad como si yo estuviera disfrutando del té con su sobrina en vez de estrangularla-. ¿Tratando de manejar los asuntos por tu propia cuenta otra vez, Paige? Ahora mira lo que has hecho. Esas contusiones tardarán semanas en desvanecerse y no trajimos ningún sweater cuello de cisne.
Solté mi apretón alrededor del cuello de Paige y luché para dar una respuesta conveniente. No se me ocurrió nada. ¿Qué podría decir? ¿Exigir una explicación? Demasiado peligroso, implicaba que yo tenía algo que esconder. Mejor era actuar como si la acusación de Paige fuera una locura y yo tuviera que salir corriendo de este infierno. Una vez lejos de la situación, podría calcular mi siguiente movimiento. Lancé a Paige la mirada cautelosa de una persona que está tratando con alguien de cordura limitada y di un paso hacia la puerta.
