– No es al perro al que tengo miedo. Es a los hombres.

– Reduce la velocidad entonces. Date la vuelta. Confúndelos. Estás dejando un rastro directo. Reduce la velocidad.

No podía. El final del bosque estaba cerca. Tenía que estarlo. Su única posibilidad era llegar allí antes de que el perro lo atrapara. Ignorando el dolor, convocó cada vestigio restante de la fuerza y salió disparado.

– ¡Reduce la velocidad! – gritó Qiona-. Observa.

Su pie izquierdo golpeó un pequeño montículo, pero se adaptó, alzando su pie derecho para mantener el equilibrio. Aún así, su pie derecho bajó en el aire vacío. Mientras se lanzaba hacia adelante, vio la hondonada que se encontraba más abajo, en el fondo de un pequeño barranco erosionado por décadas del correr del agua. Se lanzó por el borde, convulsionándose en el aire, tratando de imaginar cómo aterrizar sin herirse, pero nuevamente no sabía cómo hacerlo. Cuando golpeó contra la grava del fondo, oyó al sabueso. Oyó su canción triunfal tan fuerte que sus tímpanos amenazaron con partirse en dos. Encogiéndose con gran esfuerzo para lograr levantarse, vio tres cabezas caninas por sobre el borde del barranco, un sabueso, dos enorme perros guardianes. El sabueso levantó su cabeza y ladró. Los otros dos hicieron una pausa por sólo un segundo, luego saltaron.

– ¡Sal! -gritó Qiona-. ¡Sal ahora!

¡No! No estaba listo para marcharse. Resistió el impulso de lanzar su alma fuera de su cuerpo, abrazándose a sí mismo como si eso lo protegiera de hacerlo. Vio las partes privadas de los perros cuando se lanzaron volando por sobre el acantilado. Uno aterrizó encima de él, quitándole el último y pasmado hilo de aliento. Los dientes se hundieron en su antebrazo. Sintió cómo se lo dislocaba con fuerza tremendo. Entonces él se elevó. Qiona lo arrastraba de su cuerpo, lejos del sufrimiento que la muerte causaba.

– No mires atrás -dijo ella.

Por supuesto, lo hizo. Tenía que saber. Cuando miró hacia abajo, vio a los perros. El sabueso estaba todavía en lo alto del barranco, aullando y esperando a los hombres. Los otros dos perros no esperaban. Desgarraban su cuerpo en una explosión de sangre y carne.



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