
Pequeño Zhou llegó con el coche antes de lo que Chen esperaba. Zhou, un conductor del Departamento que solía presentarse como «el hombre del inspector jefe Chen», haría correr la noticia de que Chen había visitado a Bian. Puede que sea lo mejor, pensó Chen, y después empezó a ensayar mentalmente su conversación con el profesor.
Bian vivía en un piso de tres dormitorios, ubicado en un nuevo complejo de una zona lujosa que pocos intelectuales se podían permitir. El propio Bian le abrió la puerta. El profesor, un hombre de complexión media de unos setenta años y brillante cabello plateado que contrastaba con su tez rubicunda, parecía muy enérgico pese a su edad y a su experiencia vital. Joven «derechista» en la década de 1950, «contrarrevolucionario histórico» de mediana edad durante la Revolución Cultural, y viejo «modelo intelectual» en los años noventa, Bian se había aferrado a sus estudios sobre literatura como si fueran un chaleco salvavidas durante todos esos años.
– Esto no basta en absoluto para mostrarle mi respeto, profesor Bian -dijo Chen mientras sostenía el jamón. A continuación intentó encontrar algún lugar donde depositarlo, pero los muebles, nuevos y caros, parecían demasiado buenos como para ponerles encima un jamón envuelto en grasiento papeltung.
– Gracias, inspector jefe Chen -contestó Bian-. Nuestro rector me ha hablado de usted. En consideración a sus muchas ocupaciones, hemos decidido que no tiene que acudir a clase como el resto de los alumnos, pero sí que deberá entregar los trabajos dentro del plazo previsto.
