– Claro que la señorita Dorring se convertirá en una condesa -señaló el criado.

– Cierto, pero deberá pagar un precio muy alto por gozar del privilegio de ser la dama de un demonio.


Sophy estaba sentada en el banco de madera que estaba frente a la casa de la vieja Bess, empaquetando lo que le quedaba de fenogreco. Lo juntó con el resto de las hierbas que había seleccionado recientemente. Ya se había quedado casi sin provisiones tan esenciales como el ajo, cardos, dulcamara y amapolas, en sus diferentes formas.

– Creo que esto me alcanzará para los próximos dos meses, Bess -anunció mientras se limpiaba las manos y se ponía de píe. Ignoró por completo la mancha de pasto que tenía en la falda de su viejo vestido azul, de lana apropiado para montar.

– Ten cuidado si preparas té de amapolas para curar el reuma de lady Dorring -le advirtió Bess-. Este año las amapolas vinieron muy fuertes.

Sophy asintió en dirección a la vieja y arrugada mujer que tanto le había enseñado.

– Tendré en cuenta reducir las cantidades. Pero ¿cómo estás tú? ¿Necesitas algo?

– Nada, niña, nada. -Bess estudió su vieja casa y su jardín de hierbas con una mirada serena, mientras se limpiaba las manos en el delantal-. Tengo todo lo que necesito.

– Siempre es así. Eres afortunada al estar tan contenta con la vida, Bess.

– Tú también encontrarás la felicidad algún día, si te esmeras en buscarla.

La sonrisa de Sophy se desvaneció.

– Tal vez. Pero primero debo buscar otras cosas.

Bess la miró apesadumbrada. Sus ojos casi transparentes se llenaron de comprensión.

– Pensé que ya habías superado tu sed de venganza, niña.

Creí que finalmente la habrías dejado en el pasado, como debe ser.

– Las cosas han cambiado, Bess. -Sophy se encaminó hacia el sitio donde la aguardaba su caballo, rodeando la casa con techo de paja-. Tengo la oportunidad de lograr que se haga justicia.



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