
– ¿Por qué? El abuelo no me necesita allí. Es perfectamente capaz de decirle al demonio que se vaya al infierno.
– ¡Que le diga al demonio que se vaya al infierno! Sophy, niña, ¿estás insinuando que le pediste a tu abuelo que rechazara la propuesta del conde de Ravenwood?
Sophy sonrió cuando se detuvo frente al caballo avellana que la estaba aguardando.
– Has entendido perfectamente bien, Bess. -Se metió los paquetitos de hierbas en los bolsillos de la ropa.
– Tonterías -exclamó Bess-. No puedo creer que lord Dorring tenga el cerebro tan pequeño como para hacer semejante cosa. El sabe que jamás se te volverá a presentar otra oportunidad como ésta aunque vivas cien años.
– Yo no estoy tan segura de ello -dijo Sophy, tajante-. Por supuesto que eso depende de lo que tú consideres una buena oportunidad.
Bess entrecerró los ojos.
– Niña, ¿estás haciendo todo esto porque tienes miedo del conde? ¿Es eso? Pensé que eras lo suficientemente sensata como para no creer todas las patrañas que se dicen en el pueblo.
– Por supuesto que no las creo -contestó ella mientras se sentaba en la silla de montar-. No todas. Sólo la mitad. ¿Eso te sirve de consuelo, Bess? -Sophy se acomodó la falda debajo de sus piernas. Ella solía cabalgar a horcajadas aunque no se consideraba apropiado que una muchacha de su condición lo hiciera. Sin embargo, la gente de campo era más informal respecto de esa clase de cosas. De todas maneras, a Sophy no le cabían dudas de que su virtud estuviera bien protegida. Si acomodaba cuidadosamente su ropa, sólo exhibía las botas de media caña color tostado por debajo de las faldas.
Bess tomó la brida del zaino y alzó la vista hacia Sophy.
– Y bien, muchacha, ¿no creerás esa historia que cuentan que el conde ahogó a su primera esposa en la laguna, verdad?
