Sophy suspiró.

– No, Bess, no la creo. -Pero habría sido más correcto decir que no quería creerla.

– Gracias a Dios, aunque para no faltar a la verdad, hay que reconocer que nadie en este mundo podría haber culpado al conde si lo hubiera hecho -admitió Bess.

– Cierto, Bess.

– ¿Entonces a qué viene toda esta tontería de que rechazas la propuesta del conde? No me importa la expresión de tus ojos, muchacha. Ya la he visto varias veces. ¿Qué te traes entre manos ahora?

– ¿Ahora? Bien… Cabalgaré en el viejo Bailarín de regreso a Chesley Court y, una vez allí, me dedicaré a almacenar todas estas hierbas que tú tan gentilmente me has obsequiado. La gota del abuelo está molestándolo otra vez y ya casi no tengo ingredientes para prepararle su poción predilecta.

– Sophy, querida, ¿de verdad rechazarás la propuesta de matrimonio del conde?

– No -dijo Sophy honestamente-, de modo que no hay necesidad de que te muestres tan horrorizada. Si insiste, al final me tendrá, pero bajo mis condiciones.

Bess abrió mucho los ojos.

– Ah, creo que ahora te entiendo. Otra vez has estado leyendo esos libros que hablan sobre los derechos de las mujeres, ¿no? No seas tonta, niña, y acepta los consejos de esta vieja: ni intentes poner en práctica tus jueguitos con Ravenwood. No los pasará por alto. Es posible que puedas llevar de la nariz a lord Dorring, pero el conde de Ravenwood tiene una personalidad completamente diferente.

– Coincido contigo en ese punto, Bess. El conde de Ravenwood es un hombre completamente diferente del abuelo. Pero trata de no preocuparte por mí. Sé lo que estoy haciendo. -Sophy recogió las riendas y tocó suavemente al zaino con el talón.

– No, niña. No estoy tan segura de eso. -Le gritó Bess a sus espaldas-. No se provoca al demonio sin salir lastimada, como si tal cosa.

– Pensé que habías dicho que Ravenwood no era ningún demonio -contestó Sophy por encima del hombro cuando Bailarín emprendió el trote.



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