
«La gente del pueblo podría ser caritativa con Ravenwood -pensaba Sophy-. Pero no tenían que enfrentarse a la perspectiva de casarse con él.».
Tal como siempre sucedía cada vez que Sophy recorría ese sendero, su vista estaba fija en las oscuras y frías aguas de la laguna Ravenwood, en cuya superficie flotaban costras de hielo, esparcidas de tanto en tanto. Si bien había quedado poca nieve en el suelo, la presencia del frío invernal se hacia sentir sobremanera en el aire. Sophy se estremeció y Bailarín olisqueó algo confuso.
Sophy se inclinó hacia adelante para palmear el cuello del animal, en un intentó por tranquilizarlo, pero la mano se le congeló a mitad del trayecto. Una gélida brisa agitó las ramas de los árboles que estaban sobre su cabeza. Sophy volvió a estremecerse, pero en esa oportunidad se dio cuenta de que el frío de la tarde primaveral no había sido el causante de ello. Se irguió en la silla de montar no bien vio al hombre que cabalgaba en un semental negro azabache, en dirección a ella. Se le aceleró el corazón, como siempre le pasaba en presencia de Ravenwood.
Algo turbada, Sophy se dijo que debió haber sabido antes el porqué de sus escalofríos. Después de todo, una parte de ella había estado enamorada de ese hombre desde los dieciocho años.
Había sido entonces cuando le presentaron al conde de Ravenwood. Por supuesto que él, probablemente, ni siquiera recordaría aquella ocasión, pues sólo tenia ojos para su hermosa, impactante y perversa Elizabeth.
Sophy supuso que sus sentimientos iniciales hacia el acaudalado conde de Ravenwood habrían nacido, indudablemente, como el amor obsesivo y natural que siente toda jovencita por el primer hombre que es capaz de atraer su imaginación. Claro que ese amor obsesivo no murió con la misma naturalidad con la que había surgido, aun a pesar de que ella finalmente aceptara que no tenia posibilidades de atraer su atención. Con el transcurso de los años, ese amor obsesivo se había hecho más maduro, más profundo y más estable.
