Sophy se había sentido cautivada por el poder sereno, el orgullo innato y la integridad que percibió en Ravenwood. En lo más íntimo de sus sueños secretos lo veía noble, pero de una manera que nada tema que ver con el título que había heredado.

Cuando la deslumbrante Elizabeth convirtió la fascinación que Ravenwood sentía por ella en profundo dolor e incontenible ira, Sophy sintió la necesidad de ofrecerle apoyo y comprensión. Pero el conde estaba mucho más allá de todo eso. En cambio, decidió buscar consuelo en la guerra del Continente, que estaba librándose a las órdenes de Wellington.

Cuando volvió, era evidente que sus emociones se habían ocultado en un recóndito lugar, frío y distante, dentro de sí. Ahora toda pasión, todo sentimiento de afecto que fuera capaz de sentir, en apariencia estaba reservado exclusivamente para sus tierras.

El negro le sentaba muy bien, pensó Sophy. Había escuchado que su caballo se llamaba Ángel y se sorprendió por la ironía de Ravenwood al bautizarlo así.

Ángel era una criatura de la oscuridad, ideal para un hombre que viviera en las sombras. El hombre que lo montaba parecía formar parte del animal. Ravenwood era delgado, pero musculoso. Tenía manos desmesuradamente grandes y fuertes, unas manos que fácilmente habrían podido asesinar a una esposa descarriada, según decían en el pueblo.

No necesitaba hombreras en su chaqueta para resaltar sus hombros. Los pantalones de montar se adherían a sus fibrosas piernas.

Pero aunque la ropa le quedaba bien, Sophy notó que no había nada que el mejor sastre de Londres hubiera podido hacer para disimular la amargura de los toscos rasgos de Ravenwood.



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