Tenía el cabello negro, como el sedoso pelaje del caballo y sus ojos eran de un verde esmeralda intenso, verdes como los del demonio, como a veces los había calificado Sophy. Se decía que todos los condes de Ravenwood siempre habían nacido con ojos del mismo color que las esmeraldas de la familia.

La mirada de Ravenwood le resultaba desconcertante, no sólo por el color de los ojos sino por la forma en que miraba a la gente, como si estuviera poniéndole precio al pobre desafortunado que se le cruzaba en el camino. Sophy sentía curiosidad por ver qué haría el conde de Ravenwood cuando se enterara del precio que ella se había puesto.

La joven tomó las riendas de Bailarín, se echó la pluma de su sombrero de montar hacia atrás y convocó lo que deseaba que resultara una sonrisa graciosa y serena.

– Buenas tardes, milord. Qué sorpresa encontrarlo aquí, en medio del bosque.

El caballo negro se detuvo abruptamente a unos pocos metros de distancia. Por un instante, Ravenwood se quedó en silencio, analizando la sonrisa de la muchacha, pero no la correspondió.

– ¿Qué es exactamente lo que le resulta sorprendente de este encuentro, señorita Dorring? Después de todo, estas tierras son de mi propiedad. Me enteré de que había ido a visitar a la vieja Bess y supuse que regresaría a Chesley Court por este atajo.

– Qué inteligente, milord. ¿Un ejemplo de lógica deductiva, quizá? Soy una ferviente admiradora de esa línea de razonamiento.

– Usted sabía perfectamente bien que hoy debíamos concluir un asunto pendiente. Si es tan inteligente como parece que creen sus abuelos, también debió saber que yo quería terminar con esto esta misma tarde. No, decididamente, no puedo aceptar que se sorprenda por esto en absoluto. De hecho, me inclino más a creer que estuvo deliberadamente planeado.

Sophy apretó los dedos alrededor de las riendas no bien asimiló el significado de aquellas suaves palabras. Bailarín movió las orejas en sumisa señal de protesta y, de inmediato, ella volvió a aflojarle las riendas. Bess tenia razón. Ravenwood no era hombre que se dejara llevar dócilmente de las narices. Sophy se dio cuenta de que tendría que ser extremadamente cautelosa.



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