
– Tenía entendido que mi abuelo se estaba encargando de terminar con este asunto por mí, como es debido -dijo Sophy-. ¿Acaso él no le comunicó mi respuesta a su proposición?
– Sí. -Ravenwood dejó que su caballo se acercara algunos pasos a Bailarín-. Pero yo preferí no aceptarla hasta que tuviera la oportunidad de discutir la cuestión personalmente con usted.
– Por cierto, milord, que eso no es lo apropiado exactamente. ¿O es así como se están arreglando las cosas en Londres en la actualidad?
– Se trata de cómo deseo arreglarlas yo con usted. Ya no es ninguna niñita bobalicona, señorita Dorring, de modo que le ruego que no actúe como tal. Puede contestar por sus propios medios. Sólo dígame cuál es el problema y yo haré todo lo que me sea posible para tratar de solucionarlo.
– ¿Problema, milord?
Sus ojos se tornaron de un verde más oscuro.
– Le aconsejo que no juegue conmigo, señorita Dorring. No soy hombre de perder el tiempo con mujeres que tratan de ridiculizarme, ni de abandonarme por completo a ellas.
– Comprendo perfectamente, milord. Y seguramente podrá entender mi negativa a atarme a un hombre que es incapaz de abandonarse a las mujeres en general, y mucho menos a las que lo ridiculizan.
Ravenwood entrecerró los ojos.
– Tenga a bien explicarse, por favor.
Sophy se encogió de hombros. Con el movimiento, el sombrero, que tenía ya medio caído, se le torció mas todavía. Automáticamente, trató de acomodar la pluma.
– Muy bien, milord. Me obliga a hablarle con toda franqueza: no le creo, así como tampoco creo que pueda funcionar un matrimonio entre nosotros dos. En las tres oportunidades que usted llamó a Chesley Court durante las últimas dos semanas, traté de hablarle en privado, pero usted se mostró totalmente desinteresado en arreglar las cosas conmigo. Desde un principio manejó todo esto como si estuviera tratando de comprar un nuevo caballo para sus establos. Debo admitir que me vi obligada a usar tácticas drásticas hoy con el fin de llamarle la atención.
