
– ¿Dudas de la capacidad de Kurt?
Thorne sacudió la mano.
– No, es que me siento frustrado con todo esto. Quiero que termine de una vez.
– Los dos lo queremos.
Slade estaba harto del rancho. Desde que sus padres se habían divorciado veinte años atrás, ya no le parecía su hogar. Pero se quedaría en Grand Hope hasta que la persona que perseguía a Randi y a su bebé recién nacido terminara entre rejas o en un ataúd, bajo tierra; eso le daba igual.
Necesitaba empezar de cero, olvidar lo de Rebecca, seguir adelante. Y tal vez, como su padre le había aconsejado, sentar cabeza y fundar una familia.
En el pasillo se oyeron pasos. Era Matt.
– Siento llegar tarde…
Matt llevaba en brazos a J.R., el bebé de Randi, la criatura de cabello rojizo y mirada de curiosidad que había conquistado el corazón de sus tíos.
– He tenido que cambiar los pañales a este chico -añadió.
Thorne rió.
– ¿Esa es tu excusa para llegar tarde?
– Es la verdad.
Slade sonrió y se sintió un poco mejor. El bebé, de apenas dos meses, era razón de sobra para permanecer en el rancho.
– Muy bien, pongámonos a trabajar -ordenó Thorne-. Además del papeleo de la venta de las tierras, voy a preguntar sobre el padre del niño… quiero saber qué derechos tiene.
– A Randi no le va a gustar nada -comentó Matt.
– Por supuesto que no. Pero últimamente no está contenta con nada.
Slade pensó que su hermano estaba en lo cierto, aunque el nerviosismo de Randi estaba plenamente justificado. Se sentía tan encerrada como él.
– Sólo quiero lo mejor para ella -continuó Thorne.
– Entonces, le disgustará más… -intervino Slade.
– Me da igual. Cuando llegue la señorita Parsons, sacaré el tema.
Slade apretó los dientes al pensar en Jamie Parsons. Nunca habría imaginado que se volverían a ver. Habían salido juntos durante una temporada y se había quedado con ganas de más, pero Slade había conocido a muchas mujeres antes y después de ella.
