Al parecer, era un caso perdido. Iba a ver a Slade McCafferty. Y qué.


Había sido un día malo.

Pero iba a empeorar.

Slade lo sentía en los huesos.

Se apoyó en el marco de la ventana y contempló las colinas y los terrenos nevados del rancho Flying M. El ganado caminaba lentamente por el paisaje de invierno, y las nubes grises amenazaban con descargar más nieve en aquella parte del valle. La temperatura había bajado mucho y la cadera le dolía un poco, señal de que todavía no se había recuperado totalmente de su accidente de esquí.

Thorne estaba sentado junto a la mesa larga donde la familia se congregaba en las ocasiones especiales. Había apartado el centro decorativo, hecho de acebo y muérdago, para poner los documentos delante de él y poder estudiarlos. Llevaba un brazo en cabestrillo porque se lo había roto unas semanas antes, cuando su avión se estrelló y Thorne estuvo a punto de perder la vida.

– ¿Estás seguro de que quieres vender? -preguntó por enésima vez.

Habían mantenido esa conversación mil veces.

Slade ni se molestó en contestar.

– ¿Adónde vas a ir?

– No lo sé -dijo, encogiéndose de hombros-. Pero supongo que me quedaré una temporada por aquí. El tiempo suficiente para crucificar el canalla que intentó cargarse a Randi.

Thorne sonrió.

– Lo estoy deseando. Y espero que sea pronto.

– Y yo.

– ¿Has sabido algo de Striker?

Thorne se refería al detective privado que Slade había contratado.

– No. Le he dejado un mensaje esta mañana.

– ¿Confías en ese hombre?

– Le confiaría mi propia vida.

– Pero no le estás confiando la tuya, sino la de Randi.

– Déjalo ya, ¿quieres? -espetó, tenso.

Slade conocía a Kurt Striker y le había pedido que investigara los intentos de asesinato de Randi, su hermanastra. Kelly Dillinger, la prometida de Matt, colaboraba con él; había estado en el departamento del sheriff, pero ahora trabajaba por su cuenta.



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