Randi apareció en el salón en ese momento; aún cojeaba por el accidente, pero caminó hacia Matt tan recta como pudo y le quitó al niño.

– ¿Por qué sospecho que estabais hablando de mí?

– Siempre crees que hablamos de ti a tus espaldas -se burló Matt.

– Y siempre es verdad -dijo ella, mirando a Slade.

– Sí, tienes razón.

– ¿Cuándo llega el abogado?

Thorne miró la hora.

– Dentro de quince minutos.

– Muy bien.

Randi besó a su hijo en la cabeza y Slade sintió una punzada de dolor. Cada vez que miraba a su sobrino, se acordaba de su tragedia personal.

Pero no sentía envidia de Randi. Su hermanastra había pasado por un infierno; además de las consecuencias físicas del accidente, había perdido la memoria. Sufría amnesia, o eso decía; porque Slade no estaba muy convencido: en el fondo, pensaba que Randi se lo había inventado para no tener que responder sobre la paternidad del niño ni, tal vez, sobre el accidente que había estado a punto de costarle la vida.

Como tantas veces, se preguntó qué habría pasado realmente en aquella carretera helada de Glacier Park. Lo único que Slade, sus hermanos y la policía sabían era que el todoterreno de Randi se había salido del camino. Desde luego, cabía la posibilidad de que el vehículo hubiera derrapado en una placa de hielo; pero Kurt Striker, el detective privado, estaba convencido de que otro coche, un Ford de color granate, la había echado de la carretera. La policía lo estaba investigando. Desgraciadamente, Randi era el único testigo y padecía de amnesia.

Como resultado del accidente, había dado a luz de forma prematura, se había roto la mandíbula y una pierna y había pasado una temporada en coma. Mientras sus hermanos intentaban averiguar lo sucedido, alguien se coló en el hospital, haciéndose pasar por un trabajador, y le inyectó insulina para rematarla. Randi había sobrevivido a duras penas, pero aquel maníaco seguía libre.



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