Slade apretó los puños y maldijo a su hermanastra para sus adentros. Si les hubiera dado algún nombre, si les hubiera contado algo cuando recobró la consciencia, habrían tenido alguna oportunidad.

Pero no. No recordaba nada.

O eso decía.

Slade estaba seguro de que intentaba proteger a alguien con su silencio. Tal vez a J.R., tal vez al padre del niño, tal vez a otra persona.

– Maldita sea… -dijo entre dientes.

Pensó que Thorne tenía razón. En tales circunstancias, convenía que hablaran con Jamie Parsons, del bufete de abogados Jansen, Monteith y Stone, para que intentaran localizar al padre del niño y se aseguraran de que no se presentaría un día a reclamar su custodia. Sin embargo, Slade habría preferido que el letrado con quien debían tratar no fuera, precisamente, Jamie Parsons.

Randi se sentó frente a Thorne y dijo:

– Aprovechando la visita del abogado, voy a interesarme sobre la posibilidad de cambiarle el nombre a mi hijo. J.R. no me gusta.

– Haz lo que quieras. Le pusimos ese nombre que había que poner algo en el certificado de nacimiento -explicó Thorne, mirando a su sobrino-. Pero J.R. me gusta; le queda bien…

– A mí también me gusta -afirmó Slade-. Como estabas en coma y no podías tomar una decisión, optamos por esas iniciales…

– De acuerdo, de acuerdo, fue útil en su momento y ahora todos lo llamáis J.R., pero quiero cambiárselo oficialmente a Joshua Ray McCafferty.

Randi miró a sus hermanos; pero si notó sus miradas inquisitivas, hizo caso omiso. La paternidad del niño era un tema delicado, especialmente para ella, que se negaba a dar nombres. Ni siquiera sabían si estaba saliendo con alguien, aunque imaginaban que no se había casado.

La primera vez que le preguntaron sobre el bebé, se limitó a decir que era suyo y que lo demás daba igual. Nadie la había sacado de sus trece, lo cual molestaba a Slade sobremanera porque sospechaba que entre el padre del niño y los intentos de asesinato había alguna relación.



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