
Slade seguía sin creerla.
– Entonces, deberías dedicar todos tus esfuerzos a recordar al tipo que quiere matarte -le aconsejó.
– ¿Es verdad que estuviste saliendo con esa abogada? -preguntó Matt.
– Fue hace mucho tiempo -contestó.
Slade miró a su hermano y se giró hacia la ventana. Un coche azul, pequeño, avanzó por el camino de la propiedad. Cuando su conductor quiso detenerlo, derrapó un poco y estuvo a punto de chocar con la camioneta.
Segundos después, una mujer alta salió del vehículo. Llevaba un maletín debajo del brazo y pareció dudar antes de dirigirse a la casa, pero tomó aire y avanzó por el camino de la parte delantera, que habían despejado de nieve.
Era Jamie Parsons. En carne y hueso.
Vestida con un traje negro, parecía la quintaesencia de la confianza y de la feminidad. Se había recogido el cabello en un moño, de manera que Slade pudo admirar sus pómulos altos, su mandíbula bien definida y su frente ancha; no distinguió el color de sus ojos, pero los recordaba perfectamente: eran de color avellana, aunque parecían verdes o incluso dorados cuando les daba el sol y se oscurecían cuando ella se enfadaba.
Durante un momento, volvió al día que pasaron juntos en el río, cerca de la poza donde Thorne había estado a punto de ahogarse.
Era una mañana terriblemente cálida, de verano, con flores por todas partes y olor a hierba y a heno recién segado. Él la retó a bañarse desnuda, y ella, con una expresión de malicia en sus ojos, se quitó la ropa y le ofreció una vista perfecta de sus senos firmes, sus pezones rosados y su pubis de vello rojizo. Fue sólo un instante, porque se metió en el agua enseguida y no pudo ver nada más; pero todavía oía su risa, melodiosa como el canto de una curruca.
Slade volvió a la realidad cuando Harold ladró desde el porche. El timbre de la puerta sonó a continuación.
