
– En efecto -confirmó Matt.
– Matt se va a encargar de dirigir el rancho -explicó Randi-. Bueno, él y Kelly… porque van a casarse pronto y se quedarán a vivir aquí.
– ¿Y qué vas a hacer? -preguntó Thorne.
Randi sacudió la cabeza.
– Thorne, sabes de sobra que mi vida está en Seattle…
Thorne frunció el ceño.
– Sí, lo sé, pero no irás a ninguna parte hasta que demos con ese canalla. Tenemos que encontrar al tipo que te quiere matar y ponerlo entre rejas.
Randi arqueó una ceja y miró a su hermano con una sonrisa.
– Bueno, dejemos esa discusión para otro momento -propuso-. Supongo que la señorita Parsons querrá terminar cuanto antes.
– Llámame Jamie, por favor. Señorita Parsons suena demasiado formal.
Slade se puso tenso.
– Todos somos de la zona, así que podemos dejarnos de formalidades -continuó ella-. Veamos esos documentos.
Slade intentó no fijarse en su cara ni en su forma de fruncir el ceño mientras estudiaba los papeles. Lo que había pasado entre ellos era agua pasada. Además, los abogados no le habían gustado nunca.
Se metió la mano en el bolsillo y descubrió que no tenía tabaco. Había dejado el paquete en la camioneta porque estaba intentando dejarlo.
Nicole apareció en ese momento con café y unas pastas de canela, pero Jamie no se dio cuenta. El bebé empezó a llorar, así que Juanita se presentó en el salón y se encargó de él.
– Cómo llora este niño -dijo el ama de llaves-. Debe de tener hambre…
– Iré con vosotros -dijo Randi.
– No, quédate, tú tienes cosas que hacer. Ya me ocupo yo.
Juanita se marchó con el bebé y Jamie rompió el silencio.
– Pasemos a la página dos…
Viendo su comportamiento, absolutamente profesional, Slade se preguntó qué habría pasado con la jovencita rebelde y salvaje que recordaba, la adolescente de vaqueros viejos que bebía y fumaba a espaldas de su abuela y que incluso se había hecho un tatuaje, una pequeña mariposa, en un hombro.
