Por mucho que la miraba, no encontraba ni el menor resto del espíritu libre y desenfadado que había conquistado su corazón años atrás; de la mujercita alocada que sabía escupir y maldecir como cualquier chico y montar a caballo a pelo. Sólo veía a una profesional que hablaba con el argot típico de los abogados y mantenía una actitud fría y distante. De vez en cuando, alguno de sus hermanos le preguntaba algo. Jamie siempre tenía la respuesta adecuada.

– Me gustaría que el nombre de mi prometida aparezca en el contrato -dijo Matt.

Jamie tomó nota.

– ¿Cuándo os vais a casar?

– Entre Nochebuena y Nochevieja. He intentado convencerla para que se fugara conmigo, pero la familia se ha empeñado en que nos casemos aquí.

Jamie arqueó una ceja.

– Así que otro de los McCafferty va a morder el polvo…

Thorne sonrió y dijo:

– Sólo quedará Slade…

Durante un segundo, la mujer de hielo pareció derretirse. Fue cuando sus ojos se encontraron con los de su antiguo novio.

– Pensé que te habrías casado.

– No, sigo soltero -replicó él.

– Pero… bueno, da igual -dijo ella, algo confusa-. ¿Cómo has dicho que se llama tu prometida, Matt?

– Kelly Dillinger, aunque será una McCafferty a finales de mes.

– Es la hija de Eva Dillinger, la antigua secretaria de nuestro padre -explicó Thorne-. Él se negó a pagarle la jubilación que le había prometido, así que nosotros decidimos intervenir y pagarle lo que se le debía con nuestro fondo de inversiones. Los documentos están en los archivos de tu bufete, si no recuerdo mal.

Jamie asintió y sacó unos papeles del maletín.

– Sí, tengo esos documentos conmigo -dijo ella.

Thorne asintió.

– Pero Kelly tiene que aparecer en el contrato del rancho -insistió Matt.



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