
– ¿Cómo que no? Todo lo que afecte a ti es cosa nuestra.
– Puedo cuidar de mí misma.
– ¡Pero si ni siquiera recuerdas lo que ha pasado! -exclamó Slade, disgustado con su hermanastra-. Si es que es verdad que tienes amnesia.
– Es verdad.
– Pues entonces, ayúdanos. Sólo queremos que J.R. y tú estéis a salvo de ese maníaco. Deja de comportarte como una niña caprichosa y danos alguna pista para poder investigar. ¿Quién es el padre del niño?
– No quiero hablar de eso. Este no es el momento ni el lugar -se defendió.
Thorne alzó una mano para internar apaciguar a Slade y a Randi.
– Sólo intentamos ayudar -alegó.
– ¡Tú no te metas, Thorne! He dicho que puedo cuidarme sola. J.R. es mi hijo y nunca lo pondría en una situación que supusiera un peligro para él. Me quedaré aquí una temporada, hasta que todo este lío se resuelva; pero eso no quiere decir que esté dispuesta a renunciar a mi vida. Os lo advierto.
Matt sacudió la cabeza y miró por la ventana.
– Mujeres… -gruñó Slade.
Jamie decidió intervenir para rebajar la tensión.
– No soy experta en custodias de niños; pero si necesitáis consejo legal, podría poneros en contacto con Felicia Reynolds. Es una compañera del bufete que se encarga de ese tipo de casos -explicó.
– Gracias. Puede que la llame por teléfono -dijo Randi-. Puede.
Jamie cerró su maletín.
– Bueno, si queréis que la avise, decídmelo.
– Muy bien.
– Y si tenéis alguna duda sobre el contrato, podéis localizarme en mi teléfono móvil o dejarme un mensaje en la oficina -comentó la abogada-. Me alojo en casa de mi abuela y todavía no han instalado el fijo, pero os lo daré en cuanto lo tenga.
La reunión había concluido.
Se dieron los apretones de manos correspondientes y Slade la acompañó a la puerta y la ayudó a ponerse el abrigo. Jamie se alejó de la casa, balanceando el maletín en una mano enguantada. Él la miró hasta que subió al coche y se marchó.
