
Sin embargo, ya habían pasado quince años desde entonces. Jamie había dejado de ser una joven rebelde y se había convertido en una mujer adulta con un título en Derecho.
Una mujer sensata. Sobre todo, sensata.
Y a veces se odiaba por ello.
– No me des sermones -dijo Randi, cuando Slade entró en el cuarto de estar.
Randi se había sentado frente al ordenador de Thorne. Tenía las gafas sobre la punta de la nariz, y el bebé descansaba en su cuna.
– ¿Es que he dicho algo?
– No hace falta que lo digas. Lo veo en tu cara. Eres un libro abierto, Slade.
Slade se apoyó en la mesa.
– Si tú lo dices… He venido para despejar el ambiente entre nosotros.
– Espera un momento, por favor -dijo ella, tecleando-. Ni te imaginas la cantidad de correo electrónico que puedo llegar a acumular…
Randi siguió unos segundos más con el ordenador. Cuando terminó, se giró hacia él con una sonrisa irónica y añadió:
– Me encanta que me quieras tanto, Slade, pero si vas a empezar otra vez con lo del padre del niño, olvídalo. Es cosa mía.
– Alguien intenta matarte, Randi.
– Y vosotros no dejáis de recordármelo. Thorne, Nicole, Matt y Juanita se pasan la vida dándome consejos; pero de ti esperaba otra cosa, Slade, esperaba comprensión.
– ¿Comprensión? ¿Sobre qué? Ni siquiera sé lo que debo comprender.
– Que necesito espacio, intimidad. Vamos, Slade, tú sabes mejor que nadie lo que se siente cuando toda la familia habla de ti, se preocupa por ti y te presiona todo el tiempo. Me están volviendo loca… Por eso te marchaste tú y me marché yo de Grand Hope.
– Bueno, siempre has estado loca -bromeó.
Randi se quitó las gafas y se recostó en la silla.
– ¿Ahora vas a hacer el payaso? -preguntó, mirándolo con sus ojos marrones-. ¿Qué pasa con ese detective privado?
