
– Por si acaso -solía decir su abuela con su voz áspera, de anciana-. Así podremos entrar si se nos olvida la nuestra.
Jamie sintió una punzada de angustia al pensar en la mujer que la había tomado a su cargo cuando ella era una adolescente montaraz y alocada a quien sus padres habían abandonado. Su abuela no se inmutó ante la responsabilidad que le había caído; cuando la vio en la puerta de su casa con dos maletas, un osito de peluche y toda la rebeldía de una chica de su edad, se limitó a decirle que las cosas iban a cambiar y que, a partir de entonces, tendría que someterse a sus normas.
Naturalmente, Jamie no le hizo caso; se metió en tantos líos como pudo y no dejó de esforzarse para que Nita la echara del único hogar que había tenido hasta ese momento. Pero su abuela, una mujer chapada a la antigua que sabía acallar a su nieta con una simple mirada, no se rindió nunca; a diferencia del resto de las personas que Jamie había conocido.
La llave giró en la cerradura con facilidad. La cocina olía a cerrado y las baldosas, blancas y negras, tenían una capa de polvo. Jamie notó que la vieja mesa de formica y patas de metal seguía contra la pared del fondo, que daba al vestíbulo y a la escalera de la casa; pero ya no sostenía el salero y el pimentero de su abuela, ni ningún otro objeto que indicara que allí vivía alguien.
En las paredes había zonas claras, correspondientes a las antigüedades que Nita había expuesto en vida con orgullo y que más tarde, tras la lectura de su testamento, se habían quitado para entregárselas a alguno de sus familiares lejanos. En la encimera había un tiesto con un cactus seco, y las cortinas de estampado a cuadros estaban cubiertas de telas de araña.
Jamie pensó que su abuela se habría enfadado mucho si hubiera visto su cocina en tal estado. Se pasaba la vida con un paño o una escoba en la mano, y tenía un concepto tan acusado de la limpieza que casi parecía fervor religioso.
