La echaba mucho de menos.

La propiedad de su abuela, que consistía en la casa, sus diez hectáreas de terreno y un Chevrolet de 1940 aparcado en el garaje, había pasado a Jamie después de su fallecimiento. Nita siempre había soñado con que su nieta se quedara a vivir allí, sentara cabeza y le diera un montón de niños a los que ella pudiera mimar; al recordarlo, Jamie dejó el maletín y el bolso en la mesa, pasó un dedo por la superficie llena de polvo y dijo, en voz alta:

– Lo siento, abuela. No ha podido ser.

Miró la pila y e imaginó su figura baja y regordeta, de brazos fuertes, cintura ancha y cabello gris. Seguramente habría llevado su delantal preferido, y de haber sido verano, habría estado colocando peras y melocotones o preparando mermelada de fresa. En invierno hacía galletas que decoraba meticulosamente y regalaba después a sus amigos y familiares; pero fuera cual fuera la estación, protestaría de cuando en cuando por la artritis que padecía y Lazarus, su gato atigrado, daría vueltas por la cocina y se frotaría contra sus piernas.

Su abuela había adorado aquel lugar. Sin embargo, Jamie no estaba allí para quedarse; tenía intención de limpiar la casa y dejarla en manos de una agencia inmobiliaria local para que la vendiera.

Miró la hora y salió al porche trasero. No podía malgastar más tiempo con recuerdos y pensamientos nostálgicos. Tenía mucho que hacer; incluida la reunión con los hermanos McCafferty.

Volvió a entrar en la casa. A pesar de que la temperatura rozaba los cero grados, abrió todas las ventanas del piso inferior para airear las habitaciones. Después, subió a su antiguo dormitorio y repitió la operación; el paisaje que se veía era el mismo de siempre: las ramas del roble cercano y, al fondo, la carretera que cruzaba las tierras de labranza. Aunque Grand Hope había crecido mucho con el paso del tiempo, la casa de su abuela estaba tan lejos de la civilización que no había ninguna autopista en las cercanías.



6 из 137