
Jamie abrió su bolso de viaje y repartió su ropa entre el armario y dos cajones de una cómoda, intentando no pensar en el año y medio que había vivido con Nita. Había sido la mejor y la peor época de su vida. Aquella mujer de ojos brillantes, gafas sin montura y toda la sabiduría acumulada en sus casi setenta años de entonces, le hizo sentirse querida por primera vez. Pero Jamie también vivió su primer amor y su primer desengaño amoroso, cortesía de Slade McCafferty.
Al recordarlo, se dijo que tal vez lo viera esa misma tarde. La vida estaba llena de sorpresas. Y no eran siempre agradables.
Trabajó dos horas en la casa. Luego, entró en el granero y descubrió que Caesar, el caballo de su abuela, la estaba esperando. Caesar tenía más de veinte años, pero sus ojos seguían brillantes y claros; y por el lustre de la manta que llevaba encima, Jamie supo que los vecinos cuidaban bien de él.
– Seguro que te has sentido un poco solo, ¿verdad? -declaró en voz baja-. Tú y yo nos divertimos mucho en los viejos tiempos. Y también nos buscamos un montón de problemas…
Jamie se emocionó al ver al animal. Carraspeó y le cepilló el lomo mientras su memoria se empeñaba en retroceder a sus antiguas cabalgatas por los campos de Montana. En cierta ocasión, hasta lo había obligado a cruzar el río; y todo, por culpa de Slade McCafferty. Nunca olvidaría el momento en que notó que el caballo perdía pie y empezaba a flotar en la corriente; ni el humor en los ojos azules de Slade; ni el sendero oculto que le enseñó y donde se detuvieron a fumar unos cigarrillos.
– Sí, eres un gran caballo, no hay duda… -continuó-. Volveré pronto, te lo prometo.
Regresó a la casa y dedicó dos horas más a limpiar. Luego, encendió el calentador de agua, ajustó la temperatura e hizo la cama de su dormitorio. Cuando extendía las sábanas, notó que olían a espliego, el olor preferido de su abuela. La echaba terriblemente de menos.
