Bajó al salón y dejó su ordenador encima de la mesa. En cuanto llamara a la compañía telefónica y le dieran línea otra vez, podría trabajar y ponerse en contacto con su oficina de Missoula.

Miró el reloj y vio que faltaba menos de una hora para su reunión con Thorne, Matt y Slade McCafferty, y el rancho Flying M estaba a treinta kilómetros de allí.

– Bueno, será mejor que te marches, Parsons.

Jamie sintió una punzada en el estómago. Había pasado mucho tiempo desde su relación con Slade McCafferty, y en aquella época, ella sólo era una adolescente de diecisiete años. No tenía sentido que se pusiera nerviosa. Era completamente ridículo.

Intentó recordarse que aquel día sólo iba a ser un día más en la vida de una abogada. Nada importante. Pero los latidos de su corazón se habían acelerado, sentía angustia en el pecho y, a pesar del frío, le cayó una gota de sudor por la frente.

Desesperada, volvió a subir al dormitorio. Se quitó los vaqueros y su jersey favorito y se puso una camisa de seda, un traje negro y unas botas que le llegaban a la rodilla. A continuación, se recogió el pelo y se miró en el espejo del tocador; en los quince años transcurridos desde que vio a Slade McCafferty por última vez, ella había dejado de ser una jovencita rebelde para convertirse en una adulta que había estudiado una carrera y se había convertido en abogada.

La mujer del espejo era segura y firme, pero Jamie se vio a sí misma como era entonces: la adolescente recién llegada al campo, la chica conflictiva y de mala reputación.

Al pensar nuevamente en Slade, sintió tal vacío en el estómago que se maldijo y decidió reaccionar. Se puso el abrigo y unos guantes, alcanzó el maletín y el bolso, salió de la casa y caminó por la nieve, hacia su coche, sosteniendo el maletín como si fuera un escudo.



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