– ¿Y si hubiera una tercera opción? ¿Otra manera de salvar a su hermano?

– ¿Y cuál sería?

– Faltan cuatro semanas para Navidad y me gustaría contratarla para las fiestas. A cambió, olvidaré la mitad de la deuda de Tim, lo enviaré a una clínica de rehabilitación y haré un programa de pagos por el resto del dinero, que Tim pagará cuando salga de la clínica.

Todo eso sonaba demasiado bueno para ser verdad.

– ¿Qué tengo yo que valga ciento veinticinco mil dólares?

Por primera vez desde que entró en la casa, Duncan Patrick sonrió y eso transformó su rostro por completo, dándole un aspecto juvenil y muy atractivo.

Y también poniéndola a ella muy nerviosa.

– No estará hablando de sexo, ¿verdad?

– No, señorita McCoy. No quiero acostarme con usted.

Annie se puso colorada hasta la raíz del pelo.

– Sé que no soy una chica muy sexy… -empezó a decir. Duncan enarcó una ceja-. Soy más bien la mejor amiga -siguió ella, deseando que se la tragase la tierra-. La chica a la que los hombres le cuentan cosas, no con la que se acuestan. La que presentan a sus madres.

– Exactamente -dijo él.

– ¿Quiere presentarme a su madre?

– No, quiero presentarle a todos los demás. Quiero que sea mi pareja en todos los eventos sociales a los que debo acudir durante las fiestas. Usted le demostrará al mundo que no soy un canalla sin corazón.

– No lo entiendo -murmuró Annie, perpleja-. Podría usted salir con quien quisiera.

– Sí, pero las mujeres con las que quiero salir no resuelven el problema. Usted sí.

– ¿Cómo?

– Es usted profesora de primaria, cuida de su familia… es una buena chica y eso es lo que yo necesito. A cambio, su hermano no irá a la cárcel -dijo él.

– Pero yo…

– Annie, si me dices que sí, tu hermano tendrá la ayuda que necesita -la interrumpió Duncan entonces, tuteándola por primera vez-. Si me dices que no, irá a la cárcel.



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