– Entonces hipoteque su casa, señorita McCoy.

Lo había dicho con total frialdad. Estaba claro que pensaba meter a Tim en la cárcel.

¿Y qué podía hacer ella? La casa o la libertad de Tim. El problema era que no confiaba en que su hermano cambiase. ¿Pero cómo iba a dejar que lo metieran en la cárcel?

– Es imposible -le dijo.

– No, en realidad es muy fácil.

– Para usted, claro. ¿Quién es usted, el hombre más malvado del planeta?

Él se irguió entonces. Si no hubiera estado mirándolo fijamente no se habría dado cuenta de la repentina tensión en sus hombros.

– ¿Qué ha dicho?

– Tal vez podamos encontrar otra solución, un compromiso. A mí se me da bien negociar -lo que quería decir era que se le daba bien negociar con niños difíciles, pero dudaba que Duncan apreciase la comparación.

– ¿Está usted casada, señorita McCoy?

– ¿Qué? -Annie miró alrededor, asustada-. No, pero todos mis vecinos me conocen y si me pusiera a gritar vendrían inmediatamente.

– No estoy amenazándola.

– Ah, qué suerte tengo. Pero está aquí para amenazar a mi hermano, que es lo mismo.

– Dice que es profesora de primaria… ¿desde cuándo?

– Es mi quinto año. ¿Por qué?

– ¿Le gustan los niños?

– Soy profesora de primaria, ¿usted qué cree?

– ¿Toma drogas? ¿Ha tenido problemas con el alcohol o alguna otra adicción?

Al chocolate, pensó ella, pero en realidad la adicción al chocolate era una cosa de chicas.

– No, pero yo…

– ¿Alguno de sus ex novios está en prisión?

Annie lo miró, furiosa.

– Oiga, que está hablando de mí y estoy aquí mismo.

– No ha respondido a mi pregunta.

Annie se dijo a sí misma que no tenía por qué hacerlo, que su vida no era asunto de aquel extraño. Pero se encontró diciendo:

– No, por supuesto que no.

Él se apoyó en la encimera, cruzando los brazos sobre el pecho.



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