De modo que tenía la casa para ella sola… al menos durante un par de horas. Y era como estar en el cielo.

Sonriendo, sacó de la nevera una botella de vino blanco y, después de servirse una copa, se quitó los zapatos y salió descalza al jardín.

La hierba era tan fresca bajo sus pies… alrededor de la verja crecían plantas y flores. Estaban en Los Ángeles y allí todo crecía de maravilla mientras pudieras pagar la factura del agua. Además, le recordaban a su madre, que había sido una estupenda jardinera.

Pero apenas se había dejado caer en el viejo y oxidado balancín bajo la buganvilla cuando sonó el timbre. Por un momento pensó no abrir pero, suspirando, volvió a entrar en la casa, abrió la puerta y miró al hombre que estaba en el porche.

Era alto y atlético, su traje de chaqueta destacando unos hombros y un torso anchísimos. Parecía uno de esos gigantes que estaban en las puertas de las discotecas. Tenía el pelo oscuro y los ojos grises más fríos que había visto nunca. Y parecía enfadado.

– ¿Quién es usted? -le espetó, a modo de saludo-. ¿La novia de Tim? ¿Está él aquí?

Annie lo miró, perpleja.

– Hola -le dijo-. Imagino que es así como quería empezar la conversación.

– ¿Qué?

– Diciendo «hola».

La expresión del hombre se ensombreció aún más.

– No tengo tiempo para charlar. ¿Está aquí Tim McCoy?

El tono no era nada amistoso y la pregunta no la animó en absoluto. Dejando la copa de vino sobre la mesita, Annie se preparó para lo peor.

– Tim es mi hermano. ¿Quién es usted?

– Su jefe.

– Ah.

Aquello no podía ser bueno, pensó, dando un paso atrás e invitándolo a entrar con un gesto. Tim no le había contado mucho sobre su nuevo trabajo y ella había tenido miedo de preguntar.

Tim era… un irresponsable. No, eso no era verdad del todo. A veces era encantador y cariñoso, pero tenía una vena diabólica.

El hombre entró en la casa y miró alrededor. El salón era pequeño y un poco destartalado, pero acogedor, pensó Annie. Por lo menos, eso era lo que quería creer.



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