
– Yo soy Annie McCoy -le dijo, ofreciéndole su mano-. La hermana de Tim.
– Duncan Patrick.
Annie tuvo que disimular una mueca cuando el desconocido estrechó su mano. Afortunadamente, no había querido apretar porque podría haberle roto los dedos.
– O convertirlos en pan rallado.
– ¿Qué?
– Ah, nada, es un cuento. ¿No quería la bruja de Hansel y Gretel pulverizar sus huesos para hacer pan rallado? No, ésos eran los gigantes… no me acuerdo. Tendré que volver a verlo.
Duncan frunció el ceño.
– No se preocupe -sonrió Annie-. No es nada contagioso, es que se me ocurren cosas raras de vez en cuando. Pero no se lo voy a pegar -nerviosa, se aclaró la garganta-. En cuanto a mi hermano, no vive aquí.
– Pero ésta es su casa.
¿Era ella o el tal Duncan Patrick no era el más listo de la clase?
– No vive aquí -repitió, hablando más despacio. A lo mejor eran todos esos músculos. Demasiada sangre en los bíceps y no la suficiente en el cerebro.
– Lo he entendido, señorita McCoy. ¿No es Tim el propietario de la casa? Él me dijo que era suya.
A Annie no le gustó nada oír aquello.
– No, es mi casa -le dijo, apoyándose en el respaldo de una silla-. ¿Por qué lo pregunta?
– ¿Sabe dónde está su hermano?
– No, no lo sé.
Tim se había metido en algún lío, seguro. Duncan Patrick no parecía la clase de hombre que aparecía en casa de alguien por capricho y eso significaba que Tim había vuelto a meter la pata.
– ¿Qué ha hecho ahora?
– Ha robado dinero de mi empresa.
La habitación pareció girar de repente. Annie sintió que su estómago daba un vuelco y se preguntó si iba a pasarle lo que le había pasado a Cody en el patio.
Tim había robado dinero…
Le gustaría preguntar cómo era posible, pero en realidad ya sabía la respuesta: Tim tenía un problema con el juego. Le gustaba demasiado y vivir a cinco horas de Las Vegas complicaba el problema aún más.
