– ¿Cuánto? -le preguntó.

– Doscientos cincuenta mil dólares.

Annie se quedó sin aire. Podría haber dicho un millón o diez millones. Era demasiado dinero, una cantidad imposible de devolver.

– Veo por su expresión que no sabía de las actividades de su hermano -dijo Duncan Patrick.

Annie negó con la cabeza.

– Que yo sepa, a Tim le encantaba su trabajo.

– Demasiado -dijo él, burlón-. ¿Es la primera vez que roba dinero?

Ella vaciló durante un segundo.

– Pues… ha tenido algún problema antes.

– ¿Por culpa del juego?

– ¿Lo sabe?

– Me dijo algo cuando hablé con él hace un rato. Pero también me dijo que tenía una casa en propiedad y que el valor de la casa era mayor que la cantidad robada.

Annie abrió mucho los ojos.

– ¿Pero qué está diciendo?

– Lo que ha oído, señorita McCoy. ¿Es ésta la casa a la que se refería?

Ahora de verdad iba a vomitar, pensó ella. ¿Tim le había ofrecido la casa? ¿Su casa? Era todo lo que tenía.

Cuando su madre murió les había dejado la casa y el dinero del seguro a los dos y ella había usado su parte para comprarle la mitad de la casa a Tim. Supuestamente, su hermano iba a usar el dinero para pagar el préstamo universitario y dar la entrada para un apartamento… claro que, en lugar de hacerlo, se había ido a Las Vegas.

Pero eso fue casi cinco años antes.

– Esta es mi casa -le dijo-. Es mía y está a mi nombre.

La expresión de Duncan no cambió en absoluto.

– ¿Su hermano tiene alguna otra propiedad?

Annie negó con la cabeza.

– Gracias por su tiempo -dijo él entonces, dirigiéndose a la puerta.

– Espere un momento -lo llamó Annie. Tim podía ser un auténtico irresponsable, pero era su hermano-. ¿Qué va a pasar ahora?



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