Entró en la cocina y, sorprendentemente, Duncan Patrick la siguió sin protestar.

– ¿Ve eso? -le preguntó, señalando la pizarra-. Es el horario de la gente que vive en esta casa, mis dos primas, Kami y yo. Kami es nuestra estudiante de intercambio. Es de Guam y no tiene dinero para pagar un apartamento, así que también vive aquí. Y aunque todas ayudan en lo que pueden, no es suficiente -Annie hizo una pausa para respirar-. Estoy dando de comer a tres estudiantes universitarias, pagando la mitad de las matrículas, los libros y la comida. Tengo un coche viejo, una casa que necesita reparaciones constantes y mi propio préstamo universitario que pagar. Y hago todo eso con el sueldo de una profesora de primaria. Así que no, hipotecar mi casa, lo único que tengo en el mundo, es algo que no puedo hacer.

Después de soltar su discurso se quedó mirando al extraño, rezando para que se compadeciese de ella.

Pero no fue así.

– Aunque todo eso es muy interesante -empezó a decir él-, me siguen faltando doscientos cincuenta mil dólares. Si sabe dónde está su hermano, sugiero que lo convenza para que se entregue, señorita McCoy. Si la policía tiene que detenerlo será aún peor para él.

El peso del mundo parecía haber caído sobre los hombros de Annie.

– No puede hacer eso. Yo le pagaré cien dólares al mes… doscientos dólares. Puedo hacerlo, se lo juro -le suplicó, pensando que podría buscar un trabajo por las tardes-. Sólo faltan cuatro semanas para Navidad. No puede meter a mi hermano en la cárcel… Tim necesita ayuda y mandarlo a la cárcel no cambiará nada. Además, usted no necesita dinero.

– ¿Y por eso está bien que alguien me robe? -le espetó él, sus ojos más fríos que nunca.

– No, claro que no. Pero, por favor, escúcheme. Estamos hablando de mi familia.



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