Era un precioso día casi estival, con solo unas cuantas nubes algodonosas en el cielo cuya sombra se agradecía, ya que evitaba que el sol fuera en exceso abrasador.

A Stephen no le molestaba semejante multitud. No se iba a Hyde Park a pasear con prisas. Se iba para relacionarse con los demás, y a él siempre le había gustado mucho hacerlo. Era un joven de naturaleza gregaria y agradable.

– ¿Irás mañana por la noche al baile de Meg? -le preguntó a Constantine.

Meg era su hermana mayor. Margaret Pennethorne, condesa de Sheringford. Sherry y ella estaban en Londres esa primavera después de haberse perdido las dos anteriores. Habían llegado acompañados de Alexander, su hijo recién nacido; de Sarah, que ya tenía dos años, y de Toby, que ya había cumplido los siete. Por fin habían decidido plantarle cara al viejo escándalo que rodeaba a Sherry, quien se había fugado años antes con una mujer casada con la que había convivido hasta el día de su muerte. Había algunos que aún pensaban que Toby era su hijo, fruto de esa relación con la señora Turner. Ni Sherry ni Meg se molestaban en corregir dicha opinión.

Meg tenía temple, un rasgo de su carácter que siempre había admirado en su hermana. Jamás se contentaría con esconderse de forma indefinida en la relativa seguridad del campo con tal de no enfrentarse a sus demonios. Por su parte, Sherry también era muy capaz de mirar a cualquier demonio a los ojos y de retarlo a duelo. Al día siguiente por la noche y dado que la flor y nata de la alta sociedad había asistido a su boda hacía ya tres años, la aristocracia estaba obligada a acudir a su baile. De cualquier forma, nadie se lo habría perdido, porque la curiosidad siempre era más fuerte que cualquier prejuicio. La alta sociedad se moría de curiosidad por ver cómo marchaba el matrimonio después de tres años… o, más concretamente, por ver «si» marchaba.



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