
– Por supuesto. No me lo perdería por nada del mundo -contestó Constantine, que se llevó la fusta al ala del sombrero para saludar a las cuatro damas que ocupaban los asientos del cabriolé con el que acababan de cruzarse.
Stephen hizo lo propio. Las cuatro damas les sonrieron y los saludaron en respuesta.
– Nada de por supuesto -le dijo a su primo-. Hace dos semanas no fuiste al baile de Nessie.
Nessie, Vanessa Wallace, duquesa de Moreland, era otra de sus tres hermanas. Daba la casualidad de que el duque de Moreland era primo hermano de Constantine. Sus madres eran hermanas y les habían transmitido su herencia griega a los dos. Ambos eran morenos de pelo y de piel, y parecían hermanos más que primos. De hecho, parecían gemelos.
Constantine no había asistido al baile de Vanessa y Elliott, a pesar de encontrarse en la ciudad.
– No me invitaron -adujo su primo al tiempo que lo miraba con expresión indolente y un tanto socarrona-. Y no habría ido aunque me hubieran invitado.
Stephen adoptó un gesto contrito al escucharlo. Constantine era consciente de que había intentado sonsacarle información con ese comentario. Elliott y Constantine no se hablaban, y eso que habían crecido juntos y habían sido grandes amigos durante la juventud. Y puesto que Elliott no se hablaba con su primo, Vanessa tampoco lo hacía. Siempre había sentido curiosidad por el motivo, pero nunca había preguntado. Quizá ya era hora de hacerlo. Las rencillas familiares solían producirse por cosas absurdas y se dilataban en el tiempo, cuando lo normal era que todo quedara olvidado con un abrazo.
– ¿Por qué…? -comenzó a preguntarle.
