
– La tinta. Es azul. Nuestro hombre tiene la teoría de que las órdenes de Gardeaux llevan un código de color que señala la acción que se va a tomar.
– ¿Una teoría? -La voz de Tanek sonaba peligrosamente suave-. ¿Me habéis hecho venir por una teoría?
Conner se humedeció los labios.
– Me dijiste que te comunicara cualquier cosa que tuvie-ra relación con Gardeaux.
El solo hecho de mencionar a Philippe Gardeaux tuvo el efecto deseado y contuvo el mal humor de Tanek, compro-bó Conner con satisfacción. Sabía perfectamente que no ha-bía esfuerzo demasiado grande ni acción demasiado peque-ña si estaba relacionada con Gardeaux.
– Vale, tienes razón -dijo él-. ¿Quién envió ese mensaje?
– Joe Kabler, el jefe de la DEA, tiene un informador a sueldo en el entorno de Gardeaux.
– ¿Podemos conseguir el nombre de ese informador?
Conner sacudió la cabeza.
* Siglas de Drug Enforcement Administration, agencia del gobier-no de EE.UU. para la lucha contra la droga. (N. de la T.)
– Estoy en ello, pero, por ahora, sin suerte.
– ¿Y qué va a hacer Kabler con esta lista?
– Nada.
Tanek lo miró fijamente.
– ¿Nada?
– Kabler cree que es una lista de candidatos para so-bornos.
– ¿Él no cree en la teoría de «la mortal tinta azul»? -in-quirió Tanek, sarcástico.
Conner lanzó un leve suspiro de alivio cuando llegaron al Mercedes. Valía más dejar el asunto en manos de Reardon; él y Tanek eran almas gemelas.
– Reardon tiene la lista en el coche. -Rápidamente, le abrió la puerta trasera-. Habla con él mientras os llevo al hotel.
* * *
– ¿Qué hay, vaquero? -Resultaba chocante oír a Jamie Rear-don imitar el deje del oeste con su marcado acento irlan-dés-. Veo que has dejado las botas en casa.
Nicholas Tanek sintió otra ligera punzada de impacien-cia al entrar en el coche.
