
– Ovejas.
– Lo que sea. No me sorprende que los vaqueros tengan fama de ser fuertes y callados. Sus cuerdas vocales están atrofiadas de no usarlas.
– Vale más estar callado que decir una estupidez detrás de otra.
Jamie resopló.
– La lista -interrumpió Conner.
– Ah, Conner está deseando que le des tu aprobación -dijo Jamie-. Te tiene miedo, ¿sabes?
– Qué tontería. -La risa de Conner sonaba falsa.
– Yo intenté convencerle de que ya no estás en el nego-cio, pero me parece que no se lo cree. Tenía la esperanza de que llevaras puestas las botas de vaquero. Te dan un aspecto tan saludable y bonachón…
– Basta, Jamie -dijo Nicholas.
Jaime sonrió.
– Era sólo un toque de humor -y añadió en un tono inaudible para Conner-: No me gusta nada este tipo. Es como un ratoncillo sabelotodo. Cada vez que abre la boca, me entran ganas de despellejarlo.
– No tiene por qué gustarte. Pero nos conviene su hom-bre infiltrado en la DEA.
– Para lo que nos ha servido hasta el momento… -Jamie buscó en su bolsillo, sacó un pedazo de papel doblado y se lo entregó a Nicholas-. Y esto parece otro acertijo sin respuesta.
– ¿Quién da la fiesta? -preguntó Nicholas.
– Un banquero. Marín Brenden, vicepresidente del ban-co Continental, que va detrás de las inversiones de Kavinski en el extranjero. Brenden ha alquilado un palacete en la isla de Medas para el fin de semana y ha montado la fiesta en honor de Kavinski.
– ¿Cuál es la conexión entre Brenden y Gardeaux?
– Ninguna que parezca significativa.
– ¿Kavinski?
– Es posible. Desde que Kavinski fue elegido presidente de Vanask está cerrando todo tipo de negociaciones, dentro y fuera de la legalidad. Puede que haya ofendido a Gardeaux al no permitirle entrar con sus drogas en Vanask. -Hizo una pausa-. Pero su nombre no está en la lista.
