
– Me siento como la princesa de un cuento de hadas, mamá. Nunca creí que se pudiera ser tan feliz. Mañana por la noche conoceré a los padres de Charles. -Y agregó con voz un poco más ronca-: Los Stanhope, de Chesnut Hill. -Se rió-. Son toda una institución. Tengo unos nervios tremendos.
– No te preocupes, querida. Aprenderán a quererte.
– Charles dice que eso no importa, porque él me quiere. Y yo lo adoro. No veo la hora de que lo conozcas. Es fantástico.
– No lo dudo, querida. -Jamás conocería a Charles ni a su futuro nieto. Pero no debo pensar en eso-. ¿Se da cuenta él de lo afortunado que es?
– Se lo digo continuamente -afirmó Tracy entre risas-. Pero basta de hablar de mí. Cuéntame cómo estás.
Su salud es perfecta, Doris -le había dicho el doctor Rush-, le quedan por lo menos cien años de vida.
Una pequeña ironía.
– Me siento espléndida. -Charlando contigo.
– ¿Todavía no te decides a buscar un novio? -bromeó Tracy.
Desde que había muerto su marido, cinco años antes, Doris no consideraba siquiera la posibilidad de salir con otro hombre, pese a que su hija la alentaba.
– Aún no, querida. ¿Cómo va tu trabajo? ¿Aún te gusta?
– Me encanta. A Charles no le molesta que siga trabajando después de que nos casemos.
– Eso es estupendo, querida. Parece ser un hombre muy comprensivo.
– Lo es. Ya lo verás con tus propios ojos.
Se oyó un poderoso trueno. Ya era la hora. No había nada más que decir, salvo la despedida.
– Adiós, querida.
Logró mantener firme la voz.
– Te llamaré apenas hayamos fijado la fecha de la boda, mamá.
– Sí. -Después de todo, quedaba algo por decir-. Te quiero mucho, mucho, Tracy.
Lentamente Doris Whitney colgó el receptor.
Tomó el revólver. Había una sola forma de hacerlo: rápidamente. Apoyó el cañón contra su sien y apretó el gatillo.
